Primero el problema. Después, la tecnología.
Por qué no empezamos ningún proyecto hablando de IA, y qué preguntamos en su lugar.
Muchas conversaciones empiezan con la misma frase: “queremos meter IA en la empresa”. Es una intención razonable, pero es un mal punto de partida. La IA, la automatización o una aplicación a medida son respuestas. Antes hace falta conocer la pregunta.
Un ejemplo que vemos a menudo
Una empresa recibe cientos de correos cada semana. El problema no es que necesite IA: el problema es que necesita procesar y gestionar mejor esos correos. Quizá la solución incluya software, automatización e IA. O quizá baste con ordenar el flujo y conectar dos herramientas que ya usa.
Si empezamos por la tecnología, acabamos construyendo una demo vistosa que nadie usa. Si empezamos por el problema, construimos algo que el equipo usa el lunes por la mañana.
Lo que preguntamos en la primera reunión
- ¿Qué tarea consume más horas cada semana?
- ¿Quién la hace, con qué herramientas y en qué momento se atasca?
- ¿Qué parte del proceso sigue ocurriendo fuera del sistema, en correos u hojas de cálculo?
- ¿Cómo sabéis hoy qué asuntos siguen pendientes?
Con esas respuestas ya se puede ver dónde está el dolor real, y solo entonces tiene sentido hablar de qué tecnología lo resuelve mejor.
Identificar, entender, proponer
Nuestro método se resume en tres pasos:
- Identificar el problema empresarial concreto.
- Entender lo que la empresa realmente necesita, que no siempre coincide con lo que pide.
- Proponer la solución tecnológica más adecuada: ni más, ni menos.
No hace falta ofrecer todo el catálogo en cada conversación. Hace falta escuchar primero.